Hoy hace exactamente 12 años que mi vida cambió de golpe. Entré por urgencias porque, de repente, empecé a perder la coordinación del lado derecho de mi cuerpo sin entender qué me estaba pasando. Tras hacerme las pruebas llegó el diagnóstico: cavernomatosis hereditaria. Un mes más tarde ya estaba en el quirófano para intervenirme.
Por aquel entonces no tenía ni idea de qué era esta enfermedad. Hoy convivo con ella día a día.
Aunque me quedaron secuelas de la cirugía y tengo medicación crónica, doy gracias a Dios porque me considero una afortunada. Conociendo la experiencia de otras personas con esta misma enfermedad, soy muy consciente de mi privilegio, porque mi caso me permite seguir haciendo mi vida con normalidad.
Eso sí, tener esta enfermedad te cambia la forma de ver las cosas. Vivir con cavernomatosis significa ser consciente en todo momento de lo efímera que es la vida y de que llevas una bomba en el cerebro que sabes que en cualquier momento puede volver a dar la cara. Pero, aunque suene contradictorio, eso mismo me ha enseñado a valorar mucho más cada día, a relativizar los problemas y a vivir la vida al máximo.
Si hoy me he decidido a dar el paso y contar mi testimonio no es solo por mí. Lo hago para dar visibilidad y, sobre todo, por mis hijas, por si —Dios no lo quiera— hayan heredado esta enfermedad. Necesitamos que se invierta en investigación para que la calidad de vida de los enfermos mejore cada día más.